La presente consideración descubre al Hombre como ser social, mediado por la circunstancia: el país, la lengua, el género, la raza y algo que le es irreparable, el tiempo. Un Hombre despojado de una inmortalidad que le hubiese hecho falta y que le ha dejado como cordero desvariado, pastando su insignificancia. Un ser de poco tiempo, tan poco, que afanado en hallar respuestas a las preguntas formuladas por los que le precedieron, no alcanza a responder las suyas propias.
En esta in-certidumbre, se develan los gestos de René Francisco Rodríguez. Una conciencia ganada en cuanto a lo perecedero del ser y sus actos, a la importancia de asirse a determinadas verdades así sean tan sólo las íntimas, a la eterna encrucijada existente entre preguntas y respuestas, únicamente mediadas por palabras; y acaso a la suerte de la circunstancia, que, como el resto, suele morir con el día.
Sus primeros trabajos personales, y referimos aquellos que culminaron en tesis de graduación del Instituto Superior de Arte, no fueron, para sorpresa de muchos, la evidencia técnica de aquel alumno ayudante de la especialidad de grabado, sino dibujos que convergían en el ansia utópica. Más bien, meros proyectos a realizar alentados por insaciables lecturas de autores como Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, José Lezama Lima, incendiarios todos, con sus verbos opulentos, de la realidad tal cual, y sobre todo, efectivos pobladores de dubitaciones existenciales.1
Desde entonces hasta su actual producción artística, el artista desarrolla un camino que tendría dos pilares fundamentales. Por una parte, estaría latente la idea de un compromiso desde el arte y para con el arte mismo, una noción de reescritura del acto creativo que implica una desconstrucción a ultranza de los modelos que rigen el comportamiento psíquico-mental e histórico del funcionamiento del sistema artístico. Por otra, se establecería una poderosa necesidad de vínculo y traslado de la experiencia cognoscitiva, al otro, a la figura de lo social, como vía para la transformación del sistema cultural en su más amplio sentido. Este proceder se advierte con particularidad , - si bien en sus piezas individuales y/o en dúo con Eduardo Ponjuán -, en sus proyectos artístico-pedagógicos, iniciados en el año noventa.
Es desde la Cátedra de Grabado del Instituto Superior de Arte, que se inicia Hacia una Pragmática Pedagógica, un taller sin titulo inicial que se prefiguraba justamente en su desarrollo, de ahí el apelativo de Hacia..., según su autor.2 Constituido como parte de su trabajo docente, que involucraba a un grupo de estudiantes de dicha especialización, el taller suscribía como práctica inicial una desconstrucción del oficio del grabador. Las siete maneras de mirar un mirlo (1989), título asignado a dicho ejercicio, estuvo influenciado por el poeta portugués Fernando Pessoa y sus heterónimos, dando paso a la creación por parte de René de un personaje ficticio bautizado por los discípulos como Eugenia Proenza de la Cruz. Los integrantes del taller fabricarían los utensilios distintivos de Eugenia, cuales atributos de su propia condición de hacedores.
Resulta singular en este momento, la alusión tal vez inconsciente, a la construcción de un personaje, teniendo en cuenta el usual procedimiento retórico de la narración literaria. El recurso de la simultaneidad o alternancia de los puntos de vistas, en el que el autor delega en otros la referencia a locaciones, individualidades; la progresión de las acciones, etc.; es uno de los requerimientos para la edificación de un relato. René Francisco acude a un método análogo al precedente, poniendo en acto, una simultaneidad de puntos de vistas (la acción discursiva de los diversos artistas estudiantes que “hablaran” sobre un mismo fenómeno), narración a través de la cual lo irán definiendo hasta elaborar la construcción textual que sería Eugenia Proenza de la Cruz. Esta relación sujeto/objeto, que declara una especie de acción narrativa fundacional es peculiar en esta y en las subsiguientes ediciones de la pragmática.
Si evaluamos Las siete maneras de mirar un mirlo ya no desde el punto de vista de su organización interna, sino tomando como punto de referencia la concepción del ejercicio, vemos que es constituido como un recurso estilístico habitual en el ámbito discursivo de la narratividad. Su mise en scene, es una cita intertextual a los distintos egos recreados por Pessoa, que puede ser o no advertida en dependencia del nivel de legibilidad 3 que posea el receptor. Resulta, con lo anterior, una especie laberíntica (¿A lo Borges?) de texto en el texto si tenemos en cuenta además, que el titulo del ejercicio es el homónimo del artículo conocido como “los niveles de contenido” de Thomas McEvilley, que rige el programa de las especialidades del primer año del ISA.4 De manera que este proyecto que inicia la búsqueda de un operar artístico-pedagógico, se transforma (una vez más), en cita intertextual del procedimiento intelectivo que caracteriza al autor en la construcción de su propuesta creativa y pedagógica, precedentes.
1 A René Francisco, y a Eduardo Ponjuán, - quien ya intervenía en la concepción de las obras desde la citada tesis de graduación -, les ha distinguido su filiación desde muy temprano al universo literario, en especial a la narrativa y a la poesía. Ambos compartían a menudo con intelectuales tales como Efraín Rodríguez, Julio Pino, César López, Juan Carlos Betancourt, y con el fallecido escritor cubano Angel Escobar, quienes influyeron notablemente en sus ideas sobre el arte. 2 Conversación sostenida por la autora con René Francisco Rodríguez, noviembre 1999. 3 La legibilidad es una categoría de recepción introducida por Pierre Bourdieu que refiere la “función de la adecuación más o menos grande entre código objetivo de lectura y competencia artística”…”del hecho empírico que es la lectura se pasa a una estructura que está fuera de ella, pero que la determina enteramente”. Jacques Dubois. “Lectura y condiciones de legibilidad”. Criterios, La Habana, 5-12, I.1983-XII.1984. p 29. 4 “Thirteen Ways of Looking at a Blackbird” Artforum, junio, 1984. |