Daba la impresión que una vez concluidos los ochenta, las artes plásticas se iban a comportar como esos meteoritos que amenazan con el fin del mundo, para dejarnos después sometidos al vértigo de vacío que sucede a toda gran conmoción.
Dagoberto Rodríguez y Alexandre Arrechea conforman un dúo singular, preñados de la motivación que permite reconocerlos como legítimos continuadores de la plástica joven cubana; si la década de los ochenta trabajó duro los aspectos morfológicos de la obra, hasta el punto de la desaparición del estilo identificativo del artista, que conduce a cada poética a dictar sus propias orientaciones constructivas, estos artistas estrenan en los noventa un camino inédito para las Artes Plásticas, simulan desde la nobleza del oficio carpintero una anti-obra a medio camino entre arte y artesanía.
Se apropian desde el arte de las tradiciones artesanas que de forma más inexcusable perfilan la historia de nuestra identidad cultural. Suman así la tradición tabacalera, reproduciendo su mundo de objetos y vindicando los símbolos patrios. Veneran el oficio del limpiabotas otorgando relieves a su caja ambulante y hacen un performance para el uso del trapiche con la consiguiente transgresión de escalas y funciones. Sacralizan desde el gran formato la épica revolucionaria estampada en nuestro papel moneda. Reproducen con los consiguientes cambios, la paradigmática mano de Juan Francisco Elso, homenaje para un peculiar mentor, padre y heraldo de algunos de los más sustanciales cambios que se introdujeran en los ochenta. Tampoco olvidan hacer patente el afán paródico del otrora humor incisivo y los rigores del oficio del grabado desde una piedra litográfica ya a punto y que no convierten en obra.
Se trata de un acto de congelamiento de la obra y el significante, ambas sublimadas desde una retórica posmoderna, a su condición de pastiche. Una obra que superpone arte y artesanía, un significante que se simula transparente y activa patéticamente su sentido desde la trama de la historia.
Hay un aviso para aquellos que se dejan trampear por la “epidermis de los significados”: nada podrá ser comprendido desde la simple lectura de lo evidente, cuando media un diálogo con la historia que estos artistas enfrentan, bordeando la “tiranía de los significantes” a la cual nos acostumbró un modo de entender el arte o la política, que Alexandre y Dagoberto subvierten como parte de las tensiones ya manifiestas entre poder y saber desactivadas con sus propias armas.
En común con este proyecto se presenta la obra de Fernando Rodríguez y Francisco de la Cal. Una producción primitiva, simulacro naif, rebela en la postergación de Fernando a los deseos de Francisco, la posibilidad de promover nuevos caminos para el desentramiento del creador, al someterse a los deseos y caprichos que impone la propia lógica biográfica de su personaje.
Estas obra recorren un camino de la más patética credulidad, la transparencia de una nobleza pueblerina, hoy desestimada a fuerza de una historia de suspicacias tejidas, tanto a favor de su reconocimiento como de su negación.
Fernando no impone resistencia a todos los deseos de Francisco de la Cal, a su conciencia piramidal que va desde el pueblo a Fidel, en calidad de redentor y tribuno que fusiona patria y bandera con el abnegado trabajo campesino y las esperanzas de los hombres de pueblo.
Son las voces que los ochenta perdió de vista en su natural superación de una retórica. Un viejo proyecto reverdecido, para continuar una polémica que no se aparta – aún contando con su simulada neutralidad –de los polos más álgidos de este conflicto. La obra parece rasante con un sociogenetismo vulgar, prevención que ha de tener en cuenta el espectador, porque Fernando tampoco puede ser evaluado desde la transparencia de los significados, en ella se concentran las conjuras de una historia que ha tenido como protagonistas el arte y la sociedad.
Esta exposición hace olvidar las posturas elitistas de los pasados ochenta, también su escandaloso desafío y las inclaudicables posturas éticas que activaron su creación. Todo esto queda aquí finalmente sustituido. Aparecen las voces de los márgenes, desde una arista que no había sido tomada por el arte joven, donde el desaliño y la excrecencia resultan sustituidos por la presencia imperturbable de la tradición artesana o campesina en un levantamiento de nuestras tradiciones populares, y nos lleva a reconocernos necesariamente desde una historia, que de ser desconocida haría del análisis fuera de su contexto, pura demostración de superchería, si se toma en calidad de inocente “ARTE SANO”. |